— ¿Eso es un diario, no? ¿Puedo
leerlo?—imploró sentándose en mi cama tomando el diario que yo aún tenía en mis
manos.
— ¡Qué curiosa!—bromeé . Ella lo
tomó feliz y se echó abriendo la primera página. No se lo negué ya que ella
conocía mi vida entera con dramas y tragedias. Ella era mi mejor amiga, como ya
lo dije.
Se veía como una niña graciosa y
linda cuando ponía esa cara de curiosa leyéndolo. En sí, ella era linda, tenía
cabello castaño oscuro y lacio como el mío, su nariz era normal, sus ojos color
avellana y pestañas largas. El color de su piel era bronceado, ¡perfecto! Y ya
que estábamos en plena adolescencia… su cuerpo se había transformado. ¡tenía un
cuerpazo…!
— ¡Te odio, Fer!—me eché a su
lado.— ¿Por qué eres tan bonita?— Le lancé una almohada despeinándola un poco.
Se sentó de inmediato lanzando el diario sobre la cama y me lanzó la almohada
de regreso.
— ¡Suave, Vai. Me despeinaste! Tú
eres más linda.
— No es cierto, Fer. Me gusta tu
cuerpo.—admití suspirando. Yo era demasiado delgada.
— Otra vez con lo mismo—
respondió poniéndose de pie dirigiéndose al espejo a arreglar su cabello. Desde
hace unos días había estado molestándola diciéndole que quería su cuerpo y en
verdad lo quería. Quería tener sus caderas y sus piernas perfectamente
contorneadas. Como ella dijo, era cosa de familia. Mi madre y mi padre eran
delgados, mis hermanos también … y aquí estaba yo, una delgada más. Cogió mi
diario nuevamente mientras yo miraba por la ventana el hermoso cielo despejado.
De repente se empezó a
reír.
— ¿Qué?—le dije.
— Así que te excluían
de los juegos. ¡Pobrecita!
— Así es.
Miré de nuevo por la
ventana y el sol ya se ocultaba; el vecino nuevamente se cambiaba con la
cortina abierta. ¿Cuántas veces se lo diría?... Vaya, qué cuerpo. ¿Qué pasaba
conmigo y la obsesión con los cuerpos?
— ¡Ajá, pervertida!
Aparté la vista de la
ventana de inmediato.— ¿De qué hablas, Fer
— Si, ¿No? ¿De qué
hablas? Hablo de eso.—lo señaló muy
obviamente. Rogué porque mi vecino no se diera cuenta.— Si que tiene lindos
pectorales tu vecino.—alegó mientras nos acercábamos a la ventana nuevamente.—
Ojala se le cayera la toalla…
— ¡Y me dices
pervertida!—reclamé dándole un codazo.
Puso una mano en su
mentón como si intentara recordar algo.— Es el tal Andreas, ¿no?
— Sí.—afirmé.
¡¡DIOS!! ¿Qué hacía
mirando a Andreas? ¡Él era el mejor amigo de mis hermanos! Siempre me olvidaba
de ello cada que contemplaba su cuerpo. Tenía 19 años, como mis hermanos y… era
guapo, si.
— ¡Preséntamelo!—me
sacudió Fernanda de los brazos algo desesperada.
— ¡OK! Está bien. Vamos
a su casa a decirle que cierre su cortina al cambiarse por décima vez y… te lo
presento.
— ¡¡Qué!! ¿¿Cómo le vas a decir
eso?? Al contrario. Dile que la abra más.—inquirió mordiéndose un labio.
— ¡Fernanda!—grité riéndome.—Termina
de leer y vamos al frente. Regresó a su lectura y tras unos minutos nuevamente se rió.
— ¿Y ahora qué?—pregunté con un
tono de aburrimiento.
— Escucha— se aclaró la garganta y empezó a leer en voz
alta un fragmento de mi diario imitando mi voz exageradamente.— " Me dio
mucha cólera. Bill era mío y sólo mío. Ella estaría con él sobre mi cadáver. Única
y exclusivamente cuando yo muera, ella tendría el camino libre" ¡Qué celosita!
— Tú sabes que esa chica no me
cae.
Continuó leyendo en voz alta.—
" Andrew… ¡Es un Dios! " — Bueno,
eso sí es cierto, pero comparado con el de al frente… Andreas es mejor.—agregó.
— ¡Ya vámonos!—dije tomándola de
la mano arrastrándola a la puerta. Bajamos las gradas juntas. ¡Oh! Me había
olvidado preguntarle que se traía entre manos por su sospechosa sonrisa. Se lo
preguntaría luego.
Salimos rumbo a la casa
de Andreas. Cruzamos la calle y Fer estaba a punto de tocar el timbre cuando la
detuve. ¿Para qué hacer que salga su madre si podíamos lanzar una “piedrita” a
su ventana y así evitar una situación incómoda?
Busqué en el césped y encontré
una de mediano tamaño. Yo con mi fuerza… apuesto a que ni siquiera le daba a la
ventana a la primera. La lancé y ¡BOOM! Su ventana explotó.
¡Mierda!
Ambas nos asustamos y Fer intentó darse a la
fuga. La sujeté y sin saber qué hacer, nos escondimos en unos arbustos.
— ¡Shhhh!— le dije mirándola. La puerta se
abrió y escuchamos una muy masculina voz.
— ¿Quién está
ahí?—gritó este hombre ferozmente.
Era Andreas.
Mi corazón latió a mil
por hora.
— ¡Sal y dile que eres tú!—me
susurró Fer empujándome.
— ¡Ni muerta, Fer! ¡Qué
vergüenza!— alegué intentando quitar de encimas sus molestosas manos
empujándome.
— ¡Qué salgas!—repitió
empujándome con mucha más fuerza haciendo que me tropezara y cayera al césped
prácticamente a los pies de Andreas.
— ¡Andi, hola!— atiné a
decir poniéndome de pie rápidamente arreglando mi cabello. Él seguía con el
torso desnudo mirándome seriamente con el seño fruncido. Me moría de vergüenza.
Podía sentir mi cara ardiendo. De seguro ya me había puesto de mil colores.
— Ehm… antes que nada…
¡Perdón por tu ventana! ¡En verdad lo siento!.— Él se giró y miró el hueco en
su ventana. Se volvió a mirarme mientras yo veía al suelo muy nerviosa. ¡Miraría
lo que sea menos sus ojos!
— Bueno…— dijo después
de unos segundos. Su voz ya no sonaba feroz.— Por ser la hermana de Tom y Bill,
te perdono.—Afirmó sonriendo y metiendo las manos a los bolsillos de su jean. ¡Tan
tierno!
— Gracias.—dije tímidamente.—Fernanda y yo… Ven
Fer.—la llamé mirando hacia los arbustos. Por supuesto Fer me fulminó con la
mirada y yo sólo sonreí maliciosamente. Ella se acercó lentamente, algo
nerviosa.
— Fernanda, él es amigo
de mis hermanos. Andreas.
— ¡Hola!—sonrió
bobamente clavando la mirada en su torso desnudo. Andreas miró su cuerpo al
percatarse que Fer no miraba su rostro y sonrió.
— Amm… debí ponerme
algo encima— dijo cruzando los brazos y yo metiéndole un codazo suave y
disimulado a Fernanda quien reaccionó colocándose un mechón de cabellos tras la
oreja y dirigió la mirada hacia la calle, algo avergonzada. Nada obvia. — Pero
el sonido de vidrios rotos y yo bajando rápido no me dio tiempo. Lo siento.— se
disculpó algo avergonzado.
— ¡A eso
veníamos!—repliqué rápidamente— Deberías cerrar tu cortina cuando te… tu sabes,
te cambias… ¿Es la décima vez que yo t- te lo digo?—tartamudeé. Era imposible
hablarle teniendo en cuenta que estaba semi desnudo.
¡Ni que nunca hubiera
visto un hombre semidesnudo! Bueno, sólo en tv.
— ¡Ni que nunca hubieran visto a un chico sin
polo!—sonrió bromeando.—¡Espera! ¿Me estaban mirando por la ventana, eh? Par de
pervertidas.—Bromeó de nuevo.
Fer y yo nos volvimos
de todos los colores otra vez. De seguro esto se lo contaría a Bill y ¡qué
diría él de mí! Que su hermanita andaba espiando a su mejor amigo.
— ¡No exactamente!—se
adentró Fer a la conversa.—Es que yo… yo llegué a casa de Vai y subí a su
habitación y como la puerta está al frente de la ventana que está al frente de…
de tu ventana y yo te vi desnudo y me tapé los ojos y Vai me vio, se percató de
tu cortina abierta y… decidimos avisarte.
Reí por dentro. “¿Me
tapé los ojos?”¡Pero si Fer quería que se le caiga la toalla!
— Sí, eso
pasó.—coincidí con Fer para evitar más vergüenza— Andi, ya nos vamos.
— Ok. Bueno, mañana iré
a tu casa.—sonrió con complicidad. ¿Para qué iba? ¿Otro sospechoso que se traía
algo en manos? ¿Qué pasaba?
— O…k.—repliqué un
tanto desorbitada.—Vamos Fer.
— ¿No preguntarás por
qué?— añadió acercándose un poco a nosotras.
— Ehm… no.—Admití.
Quería resolver este puzzle antes de saber qué pasaba.— Y mejor ve a
cambiarte. No te vayas a resfriar.
— Gracias por preocuparte por mí,
Vai.—dijo guiñando un ojo y adentrándose a su casa. Crucé la calle con Fer,
abrí la puerta y antes de entrar, miré hacia su ventana d nuevo. Ahí estaba él
revisando el hueco en su ventana. Al ver que lo miraba sonrió y cerró su
cortina. Me quedé algo confundida… como siempre. Yo era una niña para él, quizá
era eso. ¡Me consideraba su hermanita menor! Y por eso me trataba con cariño…o será
que le gusto… ¡O quizá yo andaba viendo cosas donde no había nada! Sí, eso
suena más lógico.