sábado, 20 de febrero de 2016

CAPITULO 1 LE ROMPI LA VENTANA

— ¿Eso es un diario, no? ¿Puedo leerlo?—imploró sentándose en mi cama tomando el diario que yo aún tenía en mis manos.
— ¡Qué curiosa!—bromeé . Ella lo tomó feliz y se echó abriendo la primera página. No se lo negué ya que ella conocía mi vida entera con dramas y tragedias. Ella era mi mejor amiga, como ya lo dije.
Se veía como una niña graciosa y linda cuando ponía esa cara de curiosa leyéndolo. En sí, ella era linda, tenía cabello castaño oscuro y lacio como el mío, su nariz era normal, sus ojos color avellana y pestañas largas. El color de su piel era bronceado, ¡perfecto! Y ya que estábamos en plena adolescencia… su cuerpo se había transformado. ¡tenía un cuerpazo…!
— ¡Te odio, Fer!—me eché a su lado.— ¿Por qué eres tan bonita?— Le lancé una almohada despeinándola un poco. Se sentó de inmediato lanzando el diario sobre la cama y me lanzó la almohada de regreso.
— ¡Suave, Vai. Me despeinaste! Tú eres más linda.
— No es cierto, Fer. Me gusta tu cuerpo.—admití suspirando. Yo era demasiado delgada.
— Otra vez con lo mismo— respondió poniéndose de pie dirigiéndose al espejo a arreglar su cabello. Desde hace unos días había estado molestándola diciéndole que quería su cuerpo y en verdad lo quería. Quería tener sus caderas y sus piernas perfectamente contorneadas. Como ella dijo, era cosa de familia. Mi madre y mi padre eran delgados, mis hermanos también … y aquí estaba yo, una delgada más. Cogió mi diario nuevamente mientras yo miraba por la ventana el hermoso cielo despejado.

De repente se empezó a reír.
— ¿Qué?—le dije.
— Así que te excluían de los juegos. ¡Pobrecita!
— Así es.
Miré de nuevo por la ventana y el sol ya se ocultaba; el vecino nuevamente se cambiaba con la cortina abierta. ¿Cuántas veces se lo diría?... Vaya, qué cuerpo. ¿Qué pasaba conmigo y la obsesión con los cuerpos?

— ¡Ajá, pervertida!
Aparté la vista de la ventana de inmediato.— ¿De qué hablas, Fer
— Si, ¿No? ¿De qué hablas? Hablo  de eso.—lo señaló muy obviamente. Rogué porque mi vecino no se diera cuenta.— Si que tiene lindos pectorales tu vecino.—alegó mientras nos acercábamos a la ventana nuevamente.— Ojala se le cayera la toalla…
— ¡Y me dices pervertida!—reclamé dándole un codazo.
Puso una mano en su mentón como si intentara recordar algo.— Es el tal Andreas, ¿no?
— Sí.—afirmé.

¡¡DIOS!! ¿Qué hacía mirando a Andreas? ¡Él era el mejor amigo de mis hermanos! Siempre me olvidaba de ello cada que contemplaba su cuerpo. Tenía 19 años, como mis hermanos y… era guapo, si.
— ¡Preséntamelo!—me sacudió Fernanda de los brazos algo desesperada.
— ¡OK! Está bien. Vamos a su casa a decirle que cierre su cortina al cambiarse por décima vez y… te lo presento.
— ¡¡Qué!! ¿¿Cómo le vas a decir eso?? Al contrario. Dile que la abra más.—inquirió mordiéndose un labio.
— ¡Fernanda!—grité riéndome.—Termina de leer y vamos al frente. Regresó a su lectura y tras unos minutos  nuevamente se rió.
— ¿Y ahora qué?—pregunté con un tono de aburrimiento.
— Escucha—  se aclaró la garganta y empezó a leer en voz alta un fragmento de mi diario imitando mi voz exageradamente.— " Me dio mucha cólera. Bill era mío y sólo mío. Ella estaría con él sobre mi cadáver. Única y exclusivamente cuando yo muera, ella tendría el camino libre"  ¡Qué celosita!
— Tú sabes que esa chica no me cae.
Continuó leyendo en voz alta.— " Andrew… ¡Es un Dios! " —  Bueno, eso sí es cierto, pero comparado con el de al frente… Andreas es mejor.—agregó.
— ¡Ya vámonos!—dije tomándola de la mano arrastrándola a la puerta. Bajamos las gradas juntas. ¡Oh! Me había olvidado preguntarle que se traía entre manos por su sospechosa sonrisa. Se lo preguntaría luego.

Salimos rumbo a la casa de Andreas. Cruzamos la calle y Fer estaba a punto de tocar el timbre cuando la detuve. ¿Para qué hacer que salga su madre si podíamos lanzar una “piedrita” a su ventana y así evitar una situación incómoda?
Busqué en el césped y encontré una de mediano tamaño. Yo con mi fuerza… apuesto a que ni siquiera le daba a la ventana a la primera. La lancé y ¡BOOM! Su ventana explotó.

¡Mierda!

 Ambas nos asustamos y Fer intentó darse a la fuga. La sujeté y sin saber qué hacer, nos escondimos en unos arbustos.
—  ¡Shhhh!— le dije mirándola. La puerta se abrió y escuchamos una muy masculina voz.

— ¿Quién está ahí?—gritó este hombre ferozmente.

Era Andreas.

Mi corazón latió a mil por hora.

— ¡Sal y dile que eres tú!—me susurró Fer empujándome.
— ¡Ni muerta, Fer! ¡Qué vergüenza!— alegué intentando quitar de encimas sus molestosas manos empujándome.
— ¡Qué salgas!—repitió empujándome con mucha más fuerza haciendo que me tropezara y cayera al césped prácticamente a los pies de Andreas.
— ¡Andi, hola!— atiné a decir poniéndome de pie rápidamente arreglando mi cabello. Él seguía con el torso desnudo mirándome seriamente con el seño fruncido. Me moría de vergüenza. Podía sentir mi cara ardiendo. De seguro ya me había puesto de mil colores.
— Ehm… antes que nada… ¡Perdón por tu ventana! ¡En verdad lo siento!.— Él se giró y miró el hueco en su ventana. Se volvió a mirarme mientras yo veía al suelo muy nerviosa. ¡Miraría lo que sea menos sus ojos!
— Bueno…— dijo después de unos segundos. Su voz ya no sonaba feroz.— Por ser la hermana de Tom y Bill, te perdono.—Afirmó sonriendo y metiendo las manos a los bolsillos de su jean. ¡Tan tierno!
—  Gracias.—dije tímidamente.—Fernanda y yo… Ven Fer.—la llamé mirando hacia los arbustos. Por supuesto Fer me fulminó con la mirada y yo sólo sonreí maliciosamente. Ella se acercó lentamente, algo nerviosa.
— Fernanda, él es amigo de mis hermanos. Andreas.
— ¡Hola!—sonrió bobamente clavando la mirada en su torso desnudo. Andreas miró su cuerpo al percatarse que Fer no miraba su rostro y sonrió.
— Amm… debí ponerme algo encima— dijo cruzando los brazos y yo metiéndole un codazo suave y disimulado a Fernanda quien reaccionó colocándose un mechón de cabellos tras la oreja y dirigió la mirada hacia la calle, algo avergonzada. Nada obvia. — Pero el sonido de vidrios rotos y yo bajando rápido no me dio tiempo. Lo siento.— se disculpó algo avergonzado.
— ¡A eso veníamos!—repliqué rápidamente— Deberías cerrar tu cortina cuando te… tu sabes, te cambias… ¿Es la décima vez que yo t- te lo digo?—tartamudeé. Era imposible hablarle teniendo en cuenta que estaba semi desnudo.
¡Ni que nunca hubiera visto un hombre semidesnudo! Bueno, sólo en tv.
—  ¡Ni que nunca hubieran visto a un chico sin polo!—sonrió bromeando.—¡Espera! ¿Me estaban mirando por la ventana, eh? Par de pervertidas.—Bromeó de nuevo.

Fer y yo nos volvimos de todos los colores otra vez. De seguro esto se lo contaría a Bill y ¡qué diría él de mí! Que su hermanita andaba espiando a su mejor amigo.

— ¡No exactamente!—se adentró Fer a la conversa.—Es que yo… yo llegué a casa de Vai y subí a su habitación y como la puerta está al frente de la ventana que está al frente de… de tu ventana y yo te vi desnudo y me tapé los ojos y Vai me vio, se percató de tu cortina abierta y… decidimos avisarte.

Reí por dentro. “¿Me tapé los ojos?”¡Pero si Fer quería que se le caiga la toalla!

— Sí, eso pasó.—coincidí con Fer para evitar más vergüenza— Andi, ya nos vamos.
— Ok. Bueno, mañana iré a tu casa.—sonrió con complicidad. ¿Para qué iba? ¿Otro sospechoso que se traía algo en manos? ¿Qué pasaba?
— O…k.—repliqué un tanto desorbitada.—Vamos Fer.
— ¿No preguntarás por qué?— añadió acercándose un poco a nosotras.
— Ehm… no.—Admití. Quería resolver este puzzle antes de saber qué pasaba.— Y mejor ve a cambiarte. No te vayas a resfriar.


— Gracias por preocuparte por mí, Vai.—dijo guiñando un ojo y adentrándose a su casa. Crucé la calle con Fer, abrí la puerta y antes de entrar, miré hacia su ventana d nuevo. Ahí estaba él revisando el hueco en su ventana. Al ver que lo miraba sonrió y cerró su cortina. Me quedé algo confundida… como siempre. Yo era una niña para él, quizá era eso. ¡Me consideraba su hermanita menor! Y por eso me trataba con cariño…o será que le gusto… ¡O quizá yo andaba viendo cosas donde no había nada! Sí, eso suena más lógico.