jueves, 17 de marzo de 2016

CAPÍTULO 15°

Apenas Fer salió del hospital, fue directamente a su casa. Tom ya se había ido a Los Angeles  y seguía haciendo lo suyo. Fer sacó dinero, y fue directamente al aeropuerto con su pequeña en brazos.
-¿Aló?
-Bill, soy Fernanda.
-¡Hola! ¿Cómo estás?-contestó algo animado.- ¿Cómo está la bebé? ¿Ya tiene nombre?
-Mira… estoy yendo a Los Angeles. Quería saber dónde está Tom. Quiero hablar con él.
Bill guardó silencio.
-Pero… ¿cómo vas a venir con la niña si tiene…?
-¡Bill Kaulitz! ¡Cállate!-se sobresaltó Fer.- ¿Me vienes a recoger al aeropuerto o qué?
-Bien, iré con mi novia…-admitió algo incómodo.
-No me interesa.-contestó cortante Fer.
-¿A qué hora llegas?

Fer le contó sus planes y le dio los datos necesarios para encontrarse. A eso de la tarde, cuando llegó, tuvo que soportar a la rubia que no dejaba de alabar a la niña en brazos de Fer quien sólo dormía por ahora.
Subieron al auto. Bill estaba sorprendido de verla algo nerviosa pero decidida y en especial, verla sin equipaje.
-¿Piensas quedarte por mucho tiempo? –Inquirió la rubia quien estaba sentada en el asiento de copiloto.-¡Puedes quedarte en nuestro departamento! Hay suficiente espacio para dos.-sonrió.
-No. Tengo que ver a Tom. Además, me quedaré por 1 día.-musitó acomodando a la niña. Ella se estaba despertando, lista para llorar.
-Fer, no entiendo nada. ¿A qué has venido?-continuó Bill la conversación mirándola por el espejo retrovisor.
Fernando le lanzó una mirada asesina. Se notaba a leguas que de buen humor no estaba.
-¿Y cómo está Vai?-reanudó la conversación la rubia sonriendo exageradamente de nuevo, girándose a ver a Fer como si fueran amigas de toda la vida.
Bill, al oír ese nombre, no pudo evitar ponerse un tanto nervioso y frenando tempestivamente.
-¡Quiero llegar viva a casa de Tom!-gruñó Fernanda.
-¡Mi amor! Con cuidado.-agregó dulcemente la rubia y le dio un beso en la mejilla. Luego acarició su muslo con ternura. Bill se veía incómodo y Fernanda molesta.
-Falta poco…-murmuró él.
-Bueno, no contestaste mi pregunta.- insistió  Sophie.
-Vai está mejor que nunca. Me contó que al fin dejará de pensar en el idiota de su EX y que conoció a un chico latino de sangre caliente que es todo un Adonis. –contestó con un aire de desafío observando las reacciones de Bill.
-¿Adonis? Wow debe ser musculoso, alto, piel tostada y fuerte.-fantaseó Sophie imaginando al inexistente “Adonis” de Vai.
-Mejor guardamos silencio porque la niña está durmiendo.-interrumpió Bill.
-¡Ay mi amor! Tan aguafiestas como siempre. No me dejas hablar con la amiga de mi cuñada. Me interesa mucho mi familia, ¿Sabes? Además, yo sé cuán importante es Violet para ti. Ella me odia, no sé porque, pero te prometo que cuando nos casemos, nos vamos a volver mejores amigas.

Fer se sintió ofendida. La fulminó con la mirada y respiró profundamente. Necesitaba controlarse.
-¿Y si adelantamos la boda?-opinó Bill ofuscado.

Fernanda y Sophie dirigieron sus miradas de inmediato hacia Bill. La rubia emocionada y la pelinegra confundida.
-¡En serio mi amor! ¡Eso me haría muy feliz!-gritó emocionada.
-¡Se pueden callar, se va a despertar!-gruñó Fer arrullando a su nena.
 -Casémonos en dos semanas. –prosiguió él.
-Esas serán excelentes noticias para tu hermana.-le recriminó Fer.
-Dile que invite a su “Adonis”.-contestó don orgullo o más conocido como Bill Kaulitz para apagar el auto y abrirle la puerta muy educadamente a Fernanda. Ella se bajó.
-Idiota.-susurró y se encaminó hacia la puerta de ese edificio.
-¡Es el departamento 213 del piso 12!-gritó Bill.

Fer lo escuchó muy bien. A cada minuto, ella sentía morir. Tenía la ligera sensación de que iba a desvanecerse en cualquier momento con su pequeña en brazos. Quizá era ella, la nena, la que le daba fuerzas y evitaba que Fer cerrara los ojos. La luz del marco superior del ascensor marcó piso doce. Segundos después las puertas se abrieron y Fer salió.
-¡Tranquila, Fernanda!-se auto animó respirando profundamente tres veces. Empezó a caminar buscando con la mirada el numero 213.

209… 210… 212…

-Aquí es, nena. Aquí vive tu padre.

Se arregló el cabello con una mano, y luego tocó 3 veces. Esperó y escuchó como alguien quitaba las aldabas. La puerta se abrió plenamente y apareció un Tom sin polo quien apenas vio a Fer cambió de expresión. Su indiscutible forma de ser y sus ademanes- relajado, sonrisa bacán, postura de chico malo- desaparecieron.
-¿Fer?-dudó.
-Sí, la misma.-contestó evadiendo su mirada, muy orgullosa a pesar de ser ella quien lo buscaba.
-¡Llegó la pizza!-apareció una chica por atrás de Tom, una pelinegra con rasgos físicos muy similares a los de Fer. Sólo traía una toalla alrededor del cuerpo que tapaba muy poco.
-¿Por qué no te callas?-susurró entre diente Tom a la vez que la mirada con cólera.
-Ah, veo que estás ocupado.-habló Fer tajante, sintiéndose humillada y toda una tonta al ir corriendo a decirle al padre la verdad cuando el tipo no había cambiado.-Adiós, Tom Kaulitz.

Se dio media vuelta y Tom le dio alcance interponiéndose en su camino.
-¡NO! ¡No! Ella acaba de llegar, es la zorra de la recepcionista es que… se parece a ti un poco y…
-¿Qué?-frunció el ceño la pelinegra. Se adentró a la habitación y a los segundos salió con su ropa en la mano sacándole el dedo del medio a Tom. 
-¡Ves, ya se fue!-Tom sonrió de lado a lado. La cara de Fer borró su sonrisa de inmediato.
-Adiós.
-¡No!-La sostuvo del brazo con cuidado. -¿A qué viniste con la niña? ¿Fran te dejó?
-No… lo dejé yo.
-Me refría a si te  dejó venir… ¿¡Que qué?! ¿Lo dejaste de…  abandonar o lo dejaste en casa?
- ¡Ya que importa! Fue un error venir aquí, sigues siendo el mismo patán de siempre.
-¡Pero si yo no te hecho nada! ¿Acaso tú y yo estamos juntos como para que me reclames algo?

El ascensor se abrió de nuevo y Fer dudó en si entrar o no. Tom tenía razón, él no sabía nada de su hija y ellos no tenían ninguna relación. Lo pensó bien por un minuto.
-Bien, es cierto.-admitió Fer. Tom sonrió triunfante y se apoyó en la pared. –Tom… he venido desde Berlín para hablar contigo.
-Debe ser importante.-concluyó él mirándola con ternura.-Me alegra que hayas venido y viajado sólo por mí.
-No es sólo por ti… es por ella.
-¿Tu bebé? -sus ojos detonaron confusión. Esta vez se cruzó de brazos.
-Es que… ¿recuerdas que yo te dije que quería que fueras el padrino de bautizo?-se aclaró la garganta mirando a todos lados menos a él. El gran momento había llegado.
-¡Ah! Cierto, por poco lo olvido.
-Ya… quiero proponerte algo. –Fer cerró los ojos y guardó silencio. Esto iba a ser más difícil de lo que pensó. ¿Y si no la quiere aceptar? ¿Y si sólo le dice mentirosa y se va?
-Soy todo oídos.- interrumpió sus pensamiento.
-Quiero que en vez de ser el padrino, tú…- lo miró con dolor, confusión, pena, esperanza. Tom sólo la miraba como si fuera cualquier cosa la que oiría.- Bien. Quiero que en vez de que seas el padrino, seas el padre de mi hija. Lo dije, ahora me voy.

La cara relajada de Tom cambió. Sus ojos se abrieron y su boca también. Fernanda apretaba el botón para que el ascensor subiera como una desquiciada.

-¿El padre? Ven…
La cogió de los hombros y la dirigió a su departamento. Fer se dejó guiar odiando al ascensor que  nunca volvió a subir y a la vez estaba con los nervios a flor de piel. Tom cerró la puerta y ella se sentó en el sofá de cuero negro acomodando a la niña.
-Ahora sí. Habla.
-Ya te dije lo que te tenía que decir.
-O sea que Fran no quiso reconocer a su hija y te mandó a rodar y  ahora vienes arrepentida a proponerme a mí que sea el padre para… ¿Quedar bien con la sociedad?- dijo él lo primero que vino a su cabeza.
-¡Pero qué diablos estás hablando!-chilló Fer enervada.-Tom, tu coeficiente intelectual similar al de un pollo siempre ha logrado impresionarme.
-Si vas a insultarme entonces no sé a qué viniste.
-¡Tienes razón! Soy una estúpida. No sé para que vine. Yo sabía que esto iba a pasar. Creí que te emocionarías o algo pero… me equivoqué. Me voy.-habló atropellando las palabras dirigiéndose a la puerta rápidamente.
-¡Detente! Fer, explícame porque no entiendo nada. Tantas veces que insistí en saber si era el padre de esa niña y tú me lo negaste todo el tiempo.  Así que pensé que era yo el que se estaba ilusionando con la idea de ser padre y que a lo mejor tal ilusión me cegó por completo. Ahora vienes y…
-¡Tom Kaulitz, eres el padre de mi niña! Y si te lo negué mil veces es porque consideraba que no eras tan maduro como para aceptarla y que no querrías ni estarías listo para aceptar y asumir tremenda responsabilidad.-Lo cortó intentando calmarse. La niña empezaba a despertarse.-Además, quería hacerte sufrir un poco.-finalizó con un tono de desprecio.

Arrullaba a la niña mientras Tom trataba de asimilar toda la información que acababa de recibir.
-Soy papá.-murmuró.

Fer daba vueltas para calmarla pero era imposible.
-Seguro se ensució.-afirmó con tristeza.


Tom en un arranque de euforia, fue directo hacia Fer y a pesar del llanto de la niña agarró a la pelinegra del rostro y la besó.

Puesta de sol un Oct 14, 2013. Eran las 5:44 pm
Montreal

La Otra Pieza Del Rompecabezas

Esta es una historia basada en un sueño loco que tuve... 

   Dunas de arena camino a Mollendo-Arequipa, Peru


Era un día áspero y seco, de esos en los que cuesta respirar o caminar. El sol se abría paso en un cielo azul libre de nubes  afectando mi humor: hacía el viaje largo y cansado, incómodo y aburrido. Añoraba por el momento de bajarme y busca un lugar fresco y fue cuando el auto se detuvo. Bajé cruzando los brazos sintiendo la onda de calor golpearme. Mirando a mi alrededor frunciendo el ceño, me dirigí a esa casa de madera vieja a la que iba el piloto del auto. Mi cara divulgaba mi estado de ánimo: quiero largarme de este lugar árido lo más pronto posible. ¿Quién rayos viviría en un lugar así? Sin embargo, al entrar, vi gente, vi a alguien. Era un muchacho alto de cabellos lacios, cortos y negros, perfectamente peinados con una partidura a la izquierda. Traía puesto un extraño sueter chino satinado de color verde agua. Sus ojos eran cafés oscuros o quizá negros y me miraban con desdén a la vez que sus labios se curvaban en una sonrisa angurrienta. Se introdujo a mí con un apretón de manos. Y luego estaba él.

 Era su hermano, según me lo presentó, de aspecto físico muy parecido al de Félix pero era a la vez diferente. Cabellos cafés, como su hermano, pero irradiaban vida y desconcierto. Ojos oscuros, como los de su hermano, pero  centelleaban curiosidad y picardía. Sus labios se curvaron, también, pero en una sonrisa amigable y cálida. Barba adornaba sus labios y enmarcaban su ovalado rostro terso. Mi hermana, por alguna razón, decidió que apuñalarlo con un cuchillo era una buena idea. Ella y yo éramos tan distintas, también. Yo era la que tenía el control de las cosas - o al menos lo aparentaba -  la aburrida que nunca salía de su rutina. La muchacha de ojos rasgados y piel morena, con cabellos lacios que acariciaban mi cuello diariamente ya que jamás los sujetaba. Era la hermana cuerda. Sam, por otro lado, tenía los mismos ojos rasgados, incluso más que los míos - probablemente un gen oriental se movía en la familia. Nariz pequeña, labios delgados y rosados, piel blanca, cabellos lacios, oscuros y cortos y un cerquillo  que llegaba hasta sus cejas. Era verdaderamente hermosa y lucía sensata a pesar de no serlo. Así como el gen oriental estaba en la familia, también cierta enfermedad mental. Sam sufría de trastornos psicóticos y alucinaba constantemente. Tenía algo llamado síndrome de Capgras y ya había atentado lastimarme o a nuestros padres varias veces insistiendo que no éramos quien decíamos ser y que la habíamos engañado toda su vida. Sam había sido diagnosticada con principios de esquizofrenia a los 18 años y hoy, 6 años después, llevaba una vida relativamente normal, excepto cuando la otra Sam, como la había bautizado yo a la Sam trastornada, aparecía. Usualmente, la otra Sam no era peligrosa; sólo atinaba a gritar, culparme, amenazarme y luego se calmaba. Pero bueno, quizá después de mañana ambas Sam serían internadas y al fin ya no tendría que cuidar de ellas. La doctora en la cabaña se apresuró a curar a Shuba, el hermano de Félix, mientras yo sujetaba a Sam y le explicaba que Shuba no era más que un ser humano  y no un reptiliano usurpando su cuerpo para llevársela a otra galaxia y experimentar en ella. Cuando Sam retornó, la dejé sentada en la silla para preguntar por Shuba, quien estaba al frente mío discutiendo con la doctora. Como este era un pueblo, y esta casita vieja un hospital, todo pasaba en una sola habitación, esta,  que era la recepción y el cuarto de chequeos.
-Estoy bien no es nada.-insistía Shuba intentando alejar a la doctora. Extrañamente Félix había desaparecido del hospital.
-Shuba, déjame ver. -ordené situándome tras de él y levantando su camiseta roja sin siquiera pedir permiso. Así de exaltada estaba. Vi el corte, de 2 pulgadas y poco profundo; no era tan malo. 

Después de que le cocieran la herida, todos nos hicimos amigos al explicar la penosa situación de mi hermana. Compasión o no, su hermano y él terminaron aceptando mi invitación a el cottage al que me dirigía, en medio del bosque.
Ese día llovió, así que el cielo estaba nublado y el clima fresco; un cambio drástico comparado con el pueblito del infierno. Después de almorzar, nos pasamos el resto de la tarde conversando, riendo mientras disfrutábamos del aroma a bosque húmedo y el sonido de los animalejos ocultos en ese mar de arbustos verdes y troncos. Era una escena salida de ensueño estar ahí. El cottage constaba de dos casitas, una en la que mi hermana y yo nos quedamos y la otra en la que Shuba y Félix durmieron. Al día siguiente nos volvimos a encontrar para una sesión de yoga en la sala y luego la cena.

Fue cuando todo pasó.

Era ridículo. Sólo había visto a este extraño por dos días y ya mi corazón latía anormalmente cuando se me acercaba o cuando me miraba con esos ojos cafés bonitos

-Pero creí que tú no estabas interesado si...
-¿No recuerdas como sonreía cada que nuestros ojos se encontraban? o ¿Cómo respiraba profundamente cada que dejaba un beso en tu mejilla para grabar tu fragancia en mi memoria?

Luego me encerró en sus brazos y apretujó mi cuerpo contra el suyo. Yo no tuve otra opción que entrelazar mis manos alrededor de su cintura y apretujarlo también. A veces la fuerza que ejercían sus brazos  era intensa, a veces la fuerza se aflojaba para volverse fuerte de nuevo. Era como si tuviera miedo de que al aflojar sus brazos, yo me escurriría de entre ellos y desaparecería. Yo lo abrazaba con fuerza también, cambiando la posición de mis manos cuando se agotaban. Podía escuchar su respiración profunda en mi cuello como si yo fuera ese aroma a gasolina en el aire que uno inhala profundamente ya que sabe que puede perderse en cualquier momento. Él no olía a nada más que aire puro y libre. Olía a paz, seguridad, armonía. Olía a felicidad. El día  se hizo tarde o quizás la tarde se hizo noche o quizás el tiempo se detuvo, no lo sé. Sólo sabía que yo existía, y él también. También sabía que su cuerpo era cálido y que yo y él encajábamos en el cuerpo del otro como si fuéramos dos piezas en un rompecabezas. Dos piezas que acababan de ser puestas en el lugar correcto y encajaban. Dos piezas distintas de colores similares pero que se necesitaban la una a la otra para completar una imagen más grande. Éramos sólo parte de un gran plan.

Y luego abrí los ojos y era de día. Miré el reloj, 10:30 am. Me senté en la cama y vi a mi alrededor. Nada había cambiado, todo seguía igual. Una pieza de algún rompecabezas perdida en el vació. Volví a echarme en mi cama, cerré los ojos y pensé  'Sólo un sueño, todo fue un maldito sueño'.