jueves, 17 de marzo de 2016

La Otra Pieza Del Rompecabezas

Esta es una historia basada en un sueño loco que tuve... 

   Dunas de arena camino a Mollendo-Arequipa, Peru


Era un día áspero y seco, de esos en los que cuesta respirar o caminar. El sol se abría paso en un cielo azul libre de nubes  afectando mi humor: hacía el viaje largo y cansado, incómodo y aburrido. Añoraba por el momento de bajarme y busca un lugar fresco y fue cuando el auto se detuvo. Bajé cruzando los brazos sintiendo la onda de calor golpearme. Mirando a mi alrededor frunciendo el ceño, me dirigí a esa casa de madera vieja a la que iba el piloto del auto. Mi cara divulgaba mi estado de ánimo: quiero largarme de este lugar árido lo más pronto posible. ¿Quién rayos viviría en un lugar así? Sin embargo, al entrar, vi gente, vi a alguien. Era un muchacho alto de cabellos lacios, cortos y negros, perfectamente peinados con una partidura a la izquierda. Traía puesto un extraño sueter chino satinado de color verde agua. Sus ojos eran cafés oscuros o quizá negros y me miraban con desdén a la vez que sus labios se curvaban en una sonrisa angurrienta. Se introdujo a mí con un apretón de manos. Y luego estaba él.

 Era su hermano, según me lo presentó, de aspecto físico muy parecido al de Félix pero era a la vez diferente. Cabellos cafés, como su hermano, pero irradiaban vida y desconcierto. Ojos oscuros, como los de su hermano, pero  centelleaban curiosidad y picardía. Sus labios se curvaron, también, pero en una sonrisa amigable y cálida. Barba adornaba sus labios y enmarcaban su ovalado rostro terso. Mi hermana, por alguna razón, decidió que apuñalarlo con un cuchillo era una buena idea. Ella y yo éramos tan distintas, también. Yo era la que tenía el control de las cosas - o al menos lo aparentaba -  la aburrida que nunca salía de su rutina. La muchacha de ojos rasgados y piel morena, con cabellos lacios que acariciaban mi cuello diariamente ya que jamás los sujetaba. Era la hermana cuerda. Sam, por otro lado, tenía los mismos ojos rasgados, incluso más que los míos - probablemente un gen oriental se movía en la familia. Nariz pequeña, labios delgados y rosados, piel blanca, cabellos lacios, oscuros y cortos y un cerquillo  que llegaba hasta sus cejas. Era verdaderamente hermosa y lucía sensata a pesar de no serlo. Así como el gen oriental estaba en la familia, también cierta enfermedad mental. Sam sufría de trastornos psicóticos y alucinaba constantemente. Tenía algo llamado síndrome de Capgras y ya había atentado lastimarme o a nuestros padres varias veces insistiendo que no éramos quien decíamos ser y que la habíamos engañado toda su vida. Sam había sido diagnosticada con principios de esquizofrenia a los 18 años y hoy, 6 años después, llevaba una vida relativamente normal, excepto cuando la otra Sam, como la había bautizado yo a la Sam trastornada, aparecía. Usualmente, la otra Sam no era peligrosa; sólo atinaba a gritar, culparme, amenazarme y luego se calmaba. Pero bueno, quizá después de mañana ambas Sam serían internadas y al fin ya no tendría que cuidar de ellas. La doctora en la cabaña se apresuró a curar a Shuba, el hermano de Félix, mientras yo sujetaba a Sam y le explicaba que Shuba no era más que un ser humano  y no un reptiliano usurpando su cuerpo para llevársela a otra galaxia y experimentar en ella. Cuando Sam retornó, la dejé sentada en la silla para preguntar por Shuba, quien estaba al frente mío discutiendo con la doctora. Como este era un pueblo, y esta casita vieja un hospital, todo pasaba en una sola habitación, esta,  que era la recepción y el cuarto de chequeos.
-Estoy bien no es nada.-insistía Shuba intentando alejar a la doctora. Extrañamente Félix había desaparecido del hospital.
-Shuba, déjame ver. -ordené situándome tras de él y levantando su camiseta roja sin siquiera pedir permiso. Así de exaltada estaba. Vi el corte, de 2 pulgadas y poco profundo; no era tan malo. 

Después de que le cocieran la herida, todos nos hicimos amigos al explicar la penosa situación de mi hermana. Compasión o no, su hermano y él terminaron aceptando mi invitación a el cottage al que me dirigía, en medio del bosque.
Ese día llovió, así que el cielo estaba nublado y el clima fresco; un cambio drástico comparado con el pueblito del infierno. Después de almorzar, nos pasamos el resto de la tarde conversando, riendo mientras disfrutábamos del aroma a bosque húmedo y el sonido de los animalejos ocultos en ese mar de arbustos verdes y troncos. Era una escena salida de ensueño estar ahí. El cottage constaba de dos casitas, una en la que mi hermana y yo nos quedamos y la otra en la que Shuba y Félix durmieron. Al día siguiente nos volvimos a encontrar para una sesión de yoga en la sala y luego la cena.

Fue cuando todo pasó.

Era ridículo. Sólo había visto a este extraño por dos días y ya mi corazón latía anormalmente cuando se me acercaba o cuando me miraba con esos ojos cafés bonitos

-Pero creí que tú no estabas interesado si...
-¿No recuerdas como sonreía cada que nuestros ojos se encontraban? o ¿Cómo respiraba profundamente cada que dejaba un beso en tu mejilla para grabar tu fragancia en mi memoria?

Luego me encerró en sus brazos y apretujó mi cuerpo contra el suyo. Yo no tuve otra opción que entrelazar mis manos alrededor de su cintura y apretujarlo también. A veces la fuerza que ejercían sus brazos  era intensa, a veces la fuerza se aflojaba para volverse fuerte de nuevo. Era como si tuviera miedo de que al aflojar sus brazos, yo me escurriría de entre ellos y desaparecería. Yo lo abrazaba con fuerza también, cambiando la posición de mis manos cuando se agotaban. Podía escuchar su respiración profunda en mi cuello como si yo fuera ese aroma a gasolina en el aire que uno inhala profundamente ya que sabe que puede perderse en cualquier momento. Él no olía a nada más que aire puro y libre. Olía a paz, seguridad, armonía. Olía a felicidad. El día  se hizo tarde o quizás la tarde se hizo noche o quizás el tiempo se detuvo, no lo sé. Sólo sabía que yo existía, y él también. También sabía que su cuerpo era cálido y que yo y él encajábamos en el cuerpo del otro como si fuéramos dos piezas en un rompecabezas. Dos piezas que acababan de ser puestas en el lugar correcto y encajaban. Dos piezas distintas de colores similares pero que se necesitaban la una a la otra para completar una imagen más grande. Éramos sólo parte de un gran plan.

Y luego abrí los ojos y era de día. Miré el reloj, 10:30 am. Me senté en la cama y vi a mi alrededor. Nada había cambiado, todo seguía igual. Una pieza de algún rompecabezas perdida en el vació. Volví a echarme en mi cama, cerré los ojos y pensé  'Sólo un sueño, todo fue un maldito sueño'.

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